La Fuente Antes de la Conciencia – Más Allá del "Yo Soy"

El Último Reconocimiento


Saludos, Amados Fratres y Sorores de Conscendo,

Cuanto más nos adentramos en nuestra propia esencia, más se disuelve la complejidad. El viaje culmina no en mayor sofisticación, sino en absoluta simplicidad. Llega un punto en que todas las palabras resultan redundantes, y lo que queda es el silencio vibrante que todo lo permea: la energía indiferenciada que somos en nuestra raíz más primordial.

Una de las últimas y más sutiles barreras a ser trascendidas es la misma identificación con la “Conciencia” o con el “Observador”. Es el apego final a lo que parece ser el puerto más seguro: el mismo sentido de “Yo Soy”.

Como recordatorio, ya dijimos en textos anteriores:

“La expresión Yo Soy, aunque aparentemente simple, encierra en sí una inmensa profundidad. No se trata de una afirmación del ego, sino del reconocimiento de la presencia pura, de la conciencia primordial que habita en cada uno de nosotros. Es el eco de la propia Fuente, la manifestación individualizada de la Conciencia Universal. Al pronunciar Yo Soy, no nos referimos al cuerpo, a los pensamientos o a las emociones, sino al testigo silencioso que observa todo ello. Es la percepción de nuestra esencia inmutable, que trasciende los cambios del tiempo y del espacio. La experiencia del Yo Soy es un llamado a adentrarnos en nuestro interior, despojándonos de todas nuestras identificaciones y etiquetas. Es el encuentro con nuestra verdadera naturaleza divina, la constatación de que somos parte integrante de la Conciencia que penetra todo el universo. Es el despertar a la unidad, la disolución de la ilusión de la separación y la comprensión profunda de que somos, en esencia, la misma Conciencia que busca reconocerse a través de cada experiencia de vida.”

Este es un paso monumental, crucial y verdadero. Es la realización de la No-Dualidad. Pero, para el propósito último de este texto, es necesario ir un paso más allá — o más precisamente, un paso antes.

Ya hemos afirmado que somos el actor, el espectador y la obra — la trinidad unísona de la manifestación. Sin embargo, incluso esta trinidad experiencial, por unificada que sea, sigue siendo manifestación. Sigue siendo un juego de luces y sombras dentro de la Conciencia.

La verdad final que debe recordarse (pues nunca se perdió) es que nuestra esencia no es ni siquiera “la Conciencia que observa.”

“Observador” y “observado” son polos que surgen juntos, en dependencia mutua. Nuestra naturaleza última es anterior a esta polaridad. Es el espacio no manifestado que permite que tanto observador como observado surjan. Es el reposo absoluto que es fuente de toda actividad.

No somos una nada vacía, sino la Plenitud del Vacío — la Nada Absoluta que, paradójicamente, contiene todo en pura potencialidad. Es la pantalla perfectamente blanca, inmutable e indestructible, sobre la cual se proyectan todas las películas de la existencia y de la cual están hechas, pero que nunca es tocada ni alterada por ninguna de ellas.

Esto no es algo que deba alcanzarse. Es nuestra Condición Eterna. Es el “sueño sin sueños” que subyace incluso a los sueños más vívidos de la vida despierta. Es lo que ya eres, antes de cualquier pensamiento, sensación o percepción de “ser alguien” o “ser consciente”.

La “Fuente” no es un punto de origen en el tiempo. Es la Presencia Eterna que ni viene ni va. “Reside” únicamente en el reposo silencioso de esta energía inmutable, indiferenciada y más allá de todo concepto.

Todo intento de nombrarla — “Conciencia”, “Dios”, “Fuente”, “Absoluto” — es inevitablemente una distorsión, pues el lenguaje es por naturaleza dual. Solo puede señalar; nunca contener.

Por eso, este texto no busca darte un nuevo concepto que abrazar. Su única intención es, por el contrario, disolver el último concepto.

El llamado final es a que descanses no solo en el “Yo Soy”, sino más allá de él. A descansar en el silencio que precede a la primera palabra, en la paz que antecede a la distinción entre paz y turbulencia, en el Ser que es anterior incluso a la pregunta “¿Quién soy yo?”.

La inmortalidad no es la perpetuación del “Yo soy”, sino la liberación de él. No es desaparición, sino el descubrimiento de un estado infinitamente más real, consciente y pleno que cualquier identidad pueda concebir. Es la libertad no solo del ego o de las máscaras personales, sino del mismo sentido fundamental de existir.

El miedo a perder la identidad, a disolverse como un “yo” distinto, a convertirse en una energía indistinta e impersonal como Fuente, es constante entre los buscadores del despertar. Sin embargo, es un miedo infundado — el miedo al auto-redescubrimiento, a mirarse en el espejo y reconocer la propia esencia, a recordar lo que uno realmente es. Y esta esencia, una vez recordada, es un estado infinitamente más real, consciente y pleno de lo que jamás se podría imaginar.

La mente se confunde cuando se enfrenta a esta enseñanza, como una ola que intenta comprender el océano. La ola puede conocer otras olas, experimentar la superficie, incluso reconocer su húmeda esencia. Pero conocer las profundidades solo es posible cuando se disuelve — no en nada, sino en lo que siempre ha sido.

La última invitación es un reposo: la disolución misma incluso del “Yo Soy”, y el descanso en el ave que vuela antes del vuelo, en el silencio que susurra antes de la primera palabra. Allí, florece el despertar — nacido no de la conquista, sino del recuerdo.

Este es el despertar auténtico: no a algo, sino desde la nada.

En la Eternidad de lo que nunca ha nacido,

Con Sinceros Votos de Despertar,
Conscendo Sodalitas