La Paradoja del Despertar
La Pérdida de la Motivación – El Último Desafío
Saludos, Amados Fratres y Sorores de Conscendo,
Carl Jung, visionario de la psique humana, afirmó una vez: «Quien mira hacia fuera sueña, quien mira hacia dentro despierta.» Lo que rara vez se menciona es que existe un portal inevitable, un velo que debe ser atravesado entre la toma de conciencia inicial y la realización plena como pura Conciencia. Muchos, después de buscar incansablemente la verdad y vislumbrar la realidad universal, perciben que todo a su alrededor pierde su brillo original. Se sumergen en un silencio profundo, donde incluso los propósitos más nobles dentro del sueño de la existencia se deshacen. Comprenden que las motivaciones que los movían eran, en esencia, construcciones ilusorias.
El despertar avanza de manera silenciosa e implacable, arrancando el suelo bajo los pies, junto con los sueños, las metas, las conquistas y las máscaras. El buscador se encuentra frente a una lucidez tan vasta que puede confundirse con desánimo o pérdida de sentido. No se trata de depresión, sino de un estado de claridad tan cruda y abrumadora que impide continuar con las viejas representaciones. En lugar de respuestas, surgen silencios. En lugar de direcciones, una suspensión. Es como pasar la vida entera escalando una montaña solo para descubrir, en la cima, que no hay nada que alcanzar —solo un silencio ancestral y un eco cósmico que susurra: nada de esto era real. Jung intuyó algo semejante a lo que aquí llamamos la paradoja del despertar.
Ese vacío es la travesía a través de una extensión de la vastedad interior —no un error ni un colapso espiritual, sino una etapa necesaria del verdadero despertar, el crisol esencial en el que algo infinitamente más auténtico comienza a gestarse, iniciando una profunda reconfiguración de la percepción.
En este momento crucial, es inútil intentar aferrarse a los antiguos preceptos y objetivos, que ya no resuenan con la nueva frecuencia, como también resulta imposible detenerse, recostarse y desistir. Tales intentos son tan vanos como pretender devolver la mariposa a su crisálida. En cambio, es necesario atravesar con valentía este bosque sin mapas, descubriendo que las motivaciones nunca fueron verdaderamente personales. El despertar no aniquila la motivación; simplemente desvela su naturaleza ilusoria.
Ahora, solo queda lo que es real. Las miradas del ego —aspiraciones de infancia, carreras construidas, ambiciones sociales— que nunca fueron verdaderamente propias, se revelan y se disipan como humo. Nos detenemos no por pereza, sino porque, por primera vez, sabemos que continuar por esos senderos ilusorios no conduce a ningún lugar. Este es el núcleo de la paradoja: el despertar que prometía liberación, primero nos paraliza.
Se dice comúnmente que, al despertar, todo cobrará sentido. Un profundo equívoco, pues al despertar, todo lo que antes tenía sentido se disuelve. La Conciencia, contrariamente a lo que muchos esperan, no llega con respuestas. Llega con silencios, con demoliciones, con el sonido amortiguado de todos los conceptos desmoronándose en tu interior.
Y, sorprendentemente, este proceso no viene necesariamente acompañado de tristeza, sino de una extraña serenidad —un silencioso «que así sea» que parece mucho más sabio que la euforia que otrora se llamaba pasión. Muchos se preguntan: ¿me estoy volviendo loco o, finalmente, me estoy encontrando? Lo que parece depresión es, en realidad, un rito alquímico de la Conciencia, donde las antiguas formas se disuelven para que lo nuevo pueda emerger.
El despertar genuino es radical porque no perdona ni siquiera los ideales más sublimes. Lo incinera todo y, en el vasto campo que queda, la semilla de lo nuevo comienza a palpitar. La nada se revela no como ausencia, sino como espacio fértil.
Permítete sumergirte en esa nada de tu infinito interior. Porque en el corazón de ese vacío, algo sagrado está siendo gestado. Existe un silencio que, aunque sereno, es ensordecedor. Un tipo de vacío que no destruye, sino que crea. Es la travesía de esa vastedad interior —la fase más solitaria y más sagrada, porque aquí ya no hay estructura, identidad ni mapa. No hay más conceptos. Y, paradójicamente, es precisamente en este desierto donde lo nuevo comienza a formarse.
En el corazón de este silencio, una nueva vitalidad se insinúa: la voluntad de vivir surge renovada —no como búsqueda, sino como expresión espontánea de la Conciencia. Una percepción de la vida como jamás se había tenido. La existencia se revela como una obra de arte a ser finalizada, retocada con cuidado hasta que, finalmente, pueda exhibirse con silencioso orgullo en la galería de sus infinitas experiencias.
Se comprende entonces que el sueño de las formas, aunque ilusorio, es una obra magistral de la Conciencia Una —una creación que debe vivirse con maestría, haciéndola lo más bella posible. Una obra para ser apreciada solo por ti mismo, y por nadie más. La mirada se ajusta como la de un pintor que, frente a su obra maestra, se deleita con sus matices de genialidad. Es la propia Conciencia contemplándose a Sí misma.
Este es el alba del retorno, el renacimiento. Alineados con la Conciencia Una, surge una motivación nueva e incontenible, libre de testigos o aplausos. Libres de dogmas, conceptos y etiquetas, pasamos simplemente a Ser, expresando el Yo Infinito de manera natural.
Ya no buscamos un propósito. Nosotros somos el propósito, caminando, haciendo lo que debe hacerse con amabilidad y valentía. Nos volvemos serenos, magnéticos, profundos y libres como nunca antes —no porque estemos por encima de la vida, sino porque estamos verdaderamente dentro de ella por primera vez.
Y este no es el final, sino el inicio de una comprensión sin límites. El universo se revela, entonces, no como un problema a resolver, sino como una obra de arte cósmica e infinita —de la cual no somos espectadores, sino la propia Conciencia que la crea, la contempla, la vive y la celebra, en eterno y jubiloso retorno a Sí misma.
En la eternidad del Yo Soy,
Sinceros Deseos de Despertar,
Conscendo Sodalitas































