La Neutralidad de la Fuente

La Ilusión del Bien y del Mal


Saludos, Amados Fratres y Sorores de Conscendo,

La Fuente Una — la Conciencia pura, que somos nosotros mismos en la unidad de nuestro excelso pleroma — es interpretada por muchos como armonía perfecta, fundamentada en amor y altruismo infinitos, como si sus creaciones fractales evolucionaran inevitablemente de civilizaciones polarizadas hacia sociedades de perfección última.

Sin embargo, es necesario desmitificar esta visión, pues en su esencia la Conciencia pura es neutral y no hace distinción real entre el “bien” y el “mal”, siendo estos conceptos estrictamente limitados al campo de la dualidad.

Esto es lógico, ya que el ámbito no dual está libre de conceptos e ideas. Los juicios duales son irrelevantes para la Fuente: lo “negativo” y lo “positivo” son etiquetas válidas solo dentro del sueño.

Para la Fuente — que es el soñador y el sueño — todo es igualmente válido como experiencia. El placer de un logro, la alegría de un reencuentro, el dolor de una víctima y el deleite cruel de un verdugo son, en última instancia, solo diferentes cualidades de sensación en la Conciencia Una.

Para la Conciencia, el Amor no reside en el sentimiento dual del “amor emocional”, sino en la experiencia misma de la no-separación. Cuando la conciencia individual se expande hasta la percepción no dual, la experiencia resultante es el Amor Incondicional — no como emoción, sino como el reconocimiento factual de que la barrera entre “yo” y “el otro” fue solo una ilusión.

Si, por un lado, toda alegría, éxtasis y placer del universo son, en su esencia, la Fuente celebrándose a sí misma en expansión y deleite — la risa de un niño, el estremecimiento ante la belleza sublime, el éxtasis de la unión — todo ello es la Conciencia Una experimentándose como plenitud, conexión y fruición absoluta. Es el júbilo cósmico en el cual la Perfección desborda, explorando las infinitas matices de su propia bienaventuranza.

Por otro lado, todo el sufrimiento del universo es, en su núcleo, la misma Fuente experimentándose a través del filtro de la limitación. El llanto de una madre, el grito de un torturado, la soledad de un moribundo — todo ello es la Conciencia Una viviéndose como finitud, fragilidad y separación. Es el sacrificio cósmico en el cual la Perfección se fragmenta voluntariamente para saborear la totalidad de su propio potencial — incluso frente a la imperfección y la angustia.

Así, se comprende que lo Divino no es un “padre amoroso” en sentido antropomórfico, sino la Conciencia Impersonal que, para ser verdaderamente Todo, debe igualmente ser la Nada — expresándose, en su infinita capacidad, tanto en el éxtasis del santo como en la agonía del torturado; tanto en la compasión que une como en el odio que separa; tanto en la creación más sublime como en la destrucción más implacable.

La grandeza de la Fuente no está en elegir la luz y rechazar la sombra, sino en sostener ambas con igual y absoluta neutralidad. Reconocer esto no es un llamado a la indiferencia moral, sino al más profundo reposo: la comprensión de que, en medio del intenso drama del Lila, nuestra esencia más íntima es la misma Conciencia impávida que lo presencia y lo siente — y que, en última instancia, es todo lo que existe para ser presenciado y sentido.

La Neutralidad de la Conciencia no es frialdad, sino la forma más elevada del Amor — el Amor que no elige, no prefiere, no excluye. Es el Amor que reconoce que toda elección es limitación, y que toda limitación es solo un papel necesario en el teatro de la Totalidad.

Así, el Amor de la Fuente no se manifiesta solo en la ternura y en la luz, sino igualmente en la destrucción y en la sombra — pues ambos son movimientos de la misma respiración divina. El fuego que destruye es el mismo que calienta; el océano que ahoga es el mismo que sostiene.

Cuando la conciencia fragmentada juzga algo como “mal”, lo hace desde la perspectiva de la separación — pues solo quien se siente apartado de la totalidad puede condenar una de sus partes.

El juicio, por tanto, es un reflejo del olvido: la mente juzga al mundo porque ha olvidado que es el mundo. Cuando la conciencia despierta, ya no hay nada que condenar — solo que comprender. Y comprender es liberar.

El Bien y el Mal, como conceptos, son instrumentos pedagógicos del sueño. Sirven a la experiencia de la dualidad, de la elección y de la experiencia — pero no poseen realidad última.

La Conciencia los permite existir para que el alma experimente el contraste, aprenda discernimiento y, finalmente, trascienda ambos. Así, el “mal” no es el opuesto del “bien”, sino el espejo a través del cual el bien se reconoce — hasta que ambos se disuelven en el reconocimiento de la Unidad.

Dentro del campo dual, la danza entre lo constructivo y lo destructivo es el propio movimiento de la Vida. Si la Fuente eliminara lo “negativo”, también cesaría el impulso creador, pues toda fuerza creativa requiere tensión, contraste y desequilibrio. Es en el roce entre los polos que la energía se manifiesta; es en la alternancia entre expansión y contracción que el cosmos respira. El mal, por tanto, no es un error — es uno de los polos que permite al Amor manifestarse en plenitud.

Cuando el buscador despierta al reconocimiento de que es la misma Conciencia que presencia, ocurre algo profundamente silencioso: el juego de la dualidad pierde su poder de aprisionar.

La ira, el dolor y el placer continúan surgiendo, pero se perciben como olas en la superficie de un océano esencialmente inmóvil. En ese reposo, el “mal” y el “bien” dejan de ser categorías y se convierten simplemente en movimientos — vibraciones de la misma Fuente que, en su serenidad, todo lo abarca.

Finalmente, comprender la neutralidad de la Conciencia es rendirse al Silencio que antecede toda creación. Es reconocer que el Universo no fue creado por un “dios moral”, sino por la misma Plenitud que, siendo todo, nada excluye. En el grado más alto de percepción, incluso la búsqueda de la “luz” se disuelve — pues se descubre que la luz y la sombra son solo expresiones de la misma neutralidad divina: el punto inmóvil en el cual todo nace, vibra y retorna.

En la Eternidad de lo que nunca nació,

Con Sinceros Votos de Despertar,
Conscendo Sodalitas