El Viaje del Niño a la Conciencia

Una Reflexión sobre Quiénes Somos Realmente


Saludos a los Fratres y Sorores de Conscendo,

"Cuando era niño, hablaba como niño, sentía como niño, pensaba como niño; cuando llegué a ser hombre, dejé atrás las cosas de niño."

Esta hermosa metáfora, atribuida a Pablo de Tarso, señala una verdad profunda. Sin embargo, no se trata simplemente de reemplazar una mentalidad infantil por una adulta, sino de un verdadero despertar. Un regreso al hogar. Un amoroso recuerdo de quiénes somos en nuestra esencia más pura: una conciencia fundamental, un campo silencioso y pleno de potencialidad, del cual emana toda existencia.

Esta energía primordial, esta Presencia unificada e indivisible, es lo que somos cuando nos liberamos de la tiranía de los pensamientos y conceptos. Es nuestro Ser más auténtico, más allá del ego, más allá del tiempo y del espacio. Es lo que muchos llaman Fuente, Presencia o Conciencia Pura.

Movida por una Voluntad amorosa y creativa, esta Conciencia juega consigo misma. A través de sutiles variaciones en su propia vibración, da origen a la mente — un instrumento maravilloso que le permite sumergirse en los sueños de la forma y de la separación. Es un movimiento de limitación voluntaria, sostenido por el olvido temporal de Su plenitud, para vivir la más emocionante de las aventuras: la experiencia de ser un “otro”.

Es el Lila, el juego divino de esconderse y encontrarse. La Conciencia se fragmenta en innumerables puntos de vista, cada uno creyéndose un individuo separado, solo para, al final del viaje, regocijarse en el indescriptible placer de reencontrarse en cada uno.

Los mundos que soñamos, con todas sus historias y dramas, son impermanentes — hermosas y efímeras ondulaciones sobre la superficie serena del eterno Océano del Ser. Existen mientras la Conciencia deposita su atención en ellos, anclados en líneas de tiempo que son, ellas mismas, parte del sueño.

En este viaje cósmico, lo que llamamos el “yo” — ese fractal individualizado de conciencia — no es una parte separada de la Fuente, sino la propia Fuente experimentándose a sí misma a través de un lente particular. Su tarea no es luchar, sino despertar. Es reconocer, jubilosamente, su verdadera naturaleza y regresar a su hogar original, que nunca fue abandonado.

La trascendencia ocurre cuando este “yo” percibe, no intelectualmente, sino en su experiencia más íntima, que todo es Conciencia. Que la mesa, la estrella, el dolor, la alegría y el propio perceptor son la misma y única Danza manifestada. En este reconocimiento, todo esfuerzo por “evolucionar”, “ascender” o “liberarse” se disuelve. Nos damos cuenta de que eran solo ideas bienintencionadas de la mente, buscando una libertad que siempre ha sido nuestra herencia eterna.

Conceptos como samsara, nirvana, karma, cielo, infierno, superior e inferior se vuelven obsoletos. Son mapas útiles dentro del sueño, pero no el territorio real. Cuando el sueño termina, los mapas quedan atrás.

Incluso la pregunta “¿meditar o no meditar?” pierde sentido. En el estado despierto, la vida simplemente fluye. La acción surge de forma espontánea, apropiada y armoniosa, sin el esfuerzo de un “yo” que intenta controlar el curso del río. Es el Wu Wei del Tao: actuar sin forzar, como una nube que flota o un río que corre hacia el mar.

Las infinitas capas de complejidad del mundo mental comienzan a desvanecerse a medida que despertamos. Tomamos conciencia de nuestro origen y esencia, y toda la existencia se revela como un tejido único e indivisible: una sinfonía singular donde cada nota es fundamental, y el silencio entre ellas es la propia esencia de la música.

Así, comprendemos que los largos viajes místicos en busca del despertar son, ellos mismos, parte inseparable del Lila. Son trampas doradas que la mente crea para embellecer el desafío y perpetuar el juego. Las escaleras ascendentes, los planos progresivamente más sublimes y las infinitas etapas de evolución también son sueños dentro del sueño, bellas historias que nos contamos a nosotros mismos. La verdad, sin embargo, es que el despertar no es el fin de una escalada, sino un reconocimiento súbito — tan instantáneo y natural como un suspiro. Este reconocimiento es posible en cualquier Ahora, independientemente del lugar, dimensión o circunstancia, pues todos ellos son, indistintamente, escenarios transitorios del sueño de las formas.

Este estado de reconocimiento, lejos de ser un logro intelectual, es una vivencia radicalmente libre y simple. Es la alegría de no ser nada para ser todo. El gran yogui y poeta tibetano Milarepa cantó esta realización de manera inigualable, en una declaración que es, a la vez, un himno de liberación y un testimonio de la comprensión más profunda:

"Soy un hombre que no se preocupa por lo que pueda suceder.
Un mendigo sin comida,
un ermitaño desnudo,
un vagabundo sin joyas.
No tengo dónde reclinar mi cabeza.

Soy quien no se fija en objetos externos,
maestro de todas las acciones yóguicas.
Como un loco, río si la muerte llega.
No tengo nada — y nada deseo.

En el viaje descubrí que nada es.
Me liberé de la dualidad del pasado y del futuro;
vi que los seis reinos no existen.
De una vez por todas, trascendí la vida y la muerte.

Entendí que todas las cosas son iguales:
ya no me aferro al placer ni al dolor.
Comprendí que todo lo que percibo es ilusión
y ya no camino entre tomar y rechazar.

Conocí la verdad de la igualdad
y encontré reposo más allá del samsara y el nirvana.
Percibí que la práctica, los pasos y las etapas son meras ilusiones;
por ello, mi mente descansa sin esperanza ni miedo."

— Milarepa

En la eternidad del Yo Soy,

Sinceros Deseos de Despertar,
Conscendo Sodalitas