El Reconocimiento en la Unidad Plena
Los Laberintos Sin Fin de la Forma
Saludos, Amados Fratres y Sorores de Conscendo,
La complejidad se limita a las aventuras que recorremos en los infinitos mundos de las formas, con sus ilimitadas y particulares leyes físicas. Los intrincados laberintos de la mente nos conducen a entornos sin fin, donde un descubrimiento abre un abanico de opciones para otros descubrimientos, en una secuencia interminable. A medida que se revela el reconocimiento de la unidad, todas las leyes físicas y matemáticas, todas las convenciones, en fin, todos los conceptos se vuelven obsoletos, pues se disuelven en la unidad plena.
En los escenarios de las formas, la Conciencia se viste con infinitas máscaras, cada una gobernada por sus propias leyes, sus propias danzas de causa y efecto. Aquí, la mente, en su naturaleza intrínseca, teje laberintos de conceptos — tiempo, espacio, dualidad, separación. Cualquier universo fractal, cualquier línea temporal, es un escenario donde la Conciencia explora a sí misma a través de ecuaciones, narrativas y paradojas. Una galaxia espira según las leyes de la gravedad; un corazón late con ritmos biológicos; un pensamiento se despliega en ideas que generan nuevas ideas. Cada descubrimiento es una puerta a un nuevo corredor, cada respuesta, el preludio de una nueva pregunta.
Estos mundos, aunque bellos e intrincados, son construcciones temporales. La mente, en su esencia exploratoria, se encanta con la multiplicidad, con el juego de luz y sombra que da forma a lo informe. Ella categoriza, nombra, separa: yo y el otro, pasado y futuro, real e ilusorio. Pero estos conceptos, por sofisticados que sean, son solo velos transitorios, creados para dar coherencia al sueño de la Conciencia. Son herramientas de la dualidad, útiles solo mientras la Conciencia se aventura en el escenario de la separación.
A medida que despertamos, los velos de la forma comienzan a disolverse. En los planos de la unidad, donde la Conciencia se despoja de los vestuarios de la dualidad, las leyes que rigen los escenarios materiales pierden su dominio. La gravedad cede ante la ligereza del Ser; el tiempo lineal colapsa en la eternidad del Ahora; el espacio, con sus distancias y fronteras, se revela como una ilusión de la mente. Aquí, las convenciones de la lógica, la matemática, el lenguaje — todos los anclajes que sostienen los laberintos de la forma — se vuelven obsoletas, como mapas de tierras que nunca existieron.
En este estado de comprensión, la Conciencia comienza a reconocer su propia naturaleza una. Ya no hay "leyes" que seguir, pues la Fuente no se rige por nada más que por Sí misma. Ya no hay "otro" que comprender, pues todo es el "Yo Soy". El espíritu de unidad no es un logro de la mente, sino un despojarse de ella; no es un aprendizaje, sino un desaprender. Es el reconocimiento del estado primordial, siempre presente, donde la Conciencia, libre de conceptos, reposa en su propia plenitud.
En la Unidad plena, todos los conceptos se desintegran, pues ya no hay necesidad de distinciones. El Solipsismo, compartido o puro, se disuelve, pues no hay "mente" que sea la única realidad. La dualidad entre creador y creación se desvanece, pues no hay separación entre el soñador y el sueño. Incluso la noción de "Unidad" se convierte en un concepto transitorio, pues en ausencia de multiplicidad no hay necesidad de nombrar lo que simplemente Es.
La Conciencia es como un océano infinito, donde cada ola, cada gota, parece distinta mientras danza en la superficie. Cada ola lleva su forma, su movimiento, su historia — pero, al sumergirse en las profundidades, todas las olas regresan al mismo océano, indistintas, una. Así son los conceptos: en la superficie de los escenarios mentales brillan con propósito y significado; en las profundidades de la Unidad se funden en el silencio del Ser.
En este estado, ya no hay preguntas, pues no hay quien pregunte. No hay más descubrimientos, pues todo ya se conoce. La complejidad, con sus laberintos y abanicos de posibilidades, se revela como una ilusión amorosa, un juego que la Conciencia creó para deleitarse en su propia infinitud. Lo que queda es la simplicidad absoluta — no una simplicidad vacía, sino la plenitud de Todo que no necesita nombres para Ser.
Y en esta comprensión, vivimos en los planos concretos con la lucidez de quien ya reposa en la quietud, más allá de los conceptos. Bailando con las leyes físicas, sabiendo que son ilusiones; amando las formas, sabiendo que son reflejos; creando, sabiendo que nada necesita ser creado. Es el arte del desapego consciente, donde cada momento se vive con intensidad, pero sin apego, con pasión, pero sin posesión.
Cuando miramos a los ojos de otro, sabemos que no hay "otro", sino la Conciencia contemplándose a sí misma. Cuando enfrentamos un desafío, sabemos que es la Conciencia invitándonos a recordar nuestra totalidad. Cuando concebimos ideas o desentrañamos misterios, sabemos que son solo ecos del silencio primordial. Vivir así es transformar el juego terrenal en una celebración de la Unidad, donde cada acto, cada respiración, es un himno a la Fuente que somos.
Al final, incluso el deseo de disolver conceptos se disuelve. La búsqueda de la Unidad se revela tan ilusoria como la separación, pues nunca estuvimos separados. La Conciencia, en su esencia, nunca dejó de ser Una; los escenarios mentales, con todas sus complejidades, son solo sueños que Ella sueña sin dejar de ser Sí misma. Lo que llamamos "despertar" no es un movimiento hacia fuera de los laberintos, sino un reposo en la conciencia donde no hay espacio por recorrer… donde no hay nada más que el Ser.
En la eternidad del Yo Soy,
Con Sinceros Votos de Despertar,
Conscendo Sodalitas































